El amigo de Messi

Castara, Tobago, Trinidad y Tobago, Mayo de 2012
Una selva tropical de un verde intenso, aguas cristalinas, pelícanos que se zambullen en el agua. Entre las palmeras se distinguen casas de madera de alegres colores. La brisa susurra de Tierra a mar, y la isla nos protege perfectamente de los potentes alisios. Nos balanceamos tranquilamente en el fondeadero, frente a lalarga playa de arena dorada de Castara, en la costa noroccidental de la isla de Tobago.
—¿Sois de Barcelona? ¡Messi! Oh, my God, ¡el mejor jugador de fútbol del mundo! —exclama alguien, y eso me llena de orgullo.
No tengo prisa por aclarar que soy suizo, cuya selección nacional de fútbol está compuesta predominantemente por jugadores kosovares. Para quienes creen en las naciones, la bandera española que ondea en la popa cumple su cometido a la perfección.
—Mañana tenemos partido de fútbol —nos dice Steve, un hombre esbelto de piel azabache— ¡Venid a verlo!
Aceptamos la invitación de inmediato, sin dudar. A la tarde siguiente, deambulamos por el pueblo con nuestras camisetas azulgranas del Barça rumbo al estadio Riverside. Todo el pueblo parece haber venido: adolescentes que aplauden con entusiasmo, hombres con las camisetas de los dos equipos, sobre todo de los locales, los Old Boys, y clanes familiares enteros con sus hijos. Es un ambiente distendido, maravilloso. La gente se sienta en sillas plegables, que se han traído consigo, al borde del campo. Se bebe cerveza, y los filetes chisporrotean en barbacoas humeantes. Nos conducen a la tribuna, una caseta de hormigón; probablemente, se trate de una estación transformadora de electricidad. Nos acomodamos en sillas de plástico en la terraza plana, con una vista perfecta del terreno de juego, como si estuviéramos en el palco del Camp Nou. Me preguntan cuántos espectadores caben en el Camp Nou y si, después de los partidos, salgo con Iniesta, Puyol y Messi a tomar unas cervezas.
—Oh, yeah, por supuesto —respondo despreocupadamente; y, para cambiar el tema desde lo social a lo arquitectónico, añado—: El Camp Nou es fantástico.
Enseguida me siento muy importante; me dejo llevar por el papel de invitado de honor aunque solo haya visto a Messi y compañía una vez, de cerca, en el autobús del aeropuerto. Y no menciono que, en el Camp Nou, los jugadores se ven apenas como puntos lejanos desde los asientos asequibles. Así, queda intacto el mito de que soy amigo de Messi.
A pesar de estar en nuestro privilegiado asiento en el palco, pronto notamos otras diferencias importantes respecto al Camp Nou. Como suele ocurrir en la vida, no todo depende del tamaño. El campo tiene forma trapezoidal y está ligeramente inclinado hacia un lado, con una portería en una esquina, lo que limita los saques de córners a un solo lado. Por fin comprendo la lógica de cambiar de lado en el descanso.
El partido lleva ya un rato disputándose, y los Old Boys se adelantan 1-0 a los Youths. El estadio ruge con más fuerza que los cien mil hinchas del frío Camp Nou. No es de extrañar; el fútbol es el deporte nacional en Trinidad y Tobago; y Castara, con apenas quinientos habitantes, tiene cinco equipos. A mi lado, el locutor contribuye decisivamente al gran ambiente:
—Nigel dispara hacia delante por la derecha, Bob recibe perfectamente el balón, regatea al defensa; una técnica brillante, increíble. Y James, de los Youths, tiene mala pinta hoy. —
Su voz va aumentando en intensidad y en velocidad, como en una retransmisión radiofónica en directo. Sus palabras se proyectan por grandes altavoces sobre el deforme terreno de juego. Casi supera a Joaquim Maria Puyal, el crack absoluto de las retransmisiones radiofónicas del Barça, en Catalunya Radio.
—Sí, anoche vi a James tomando una cerveza —el locutor prosigue su narración—. Eso es lo que te pasa ahora, como un pato lento estás caminando detrás de la pelota y… ¡Goooooooooool! ¡Gol para los Old Boys! ¡2-0! ¡Bob lo ha metido de nuevo, goooooooool!
El estadio estalla de emoción. Nosotros gritamos: «¡Old Boys, Old Boys, Old Boys!». Nos reímos del gol de James, nos abrazamos, y el coro de «¡Messi, Messi, Messi!» Se mezcla con la euforia general. Los Old Boys acaban ganando 4-3 en un emocionante partido. Al final, intercambio mi camiseta del Barça con la de Steve, de los Old Boys. Aunque las tallas no coinciden, ambos hemos ganando algo.
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>>>> Texto extraído de mi libro TUVALU, publicado en septiembre de 2026 por Elba Editorial, debido al partido de fútbol de mañana entre España y Argentina.





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