Actuar para que cambie esta marea de plásticos

Chichime, Guna Yala, Panamá, enero de 2015
Lisa está sentada a la sombra delante de su choza en Chichime. Hace días que está tejiendo una mola[1] de color naranja en la que trenza con esmero delgados hilos azules y amarillos para formar motivos de la mitología guna. Lisa vive con y de la naturaleza. Se acuesta con la puesta del sol y se levanta a la salida del sol, como hacía el homo sapiens cada día hasta que inventó la luz artificial. Su dieta se compone de cocos, pescado, marisco, algo de verduras y frutas. No hay ningún supermercado. ¿Para qué?
A pocos metros de la trasera de su choza hay un hoyo excavado en terreno arenoso. Durante muchas generaciones han extraído agua potable y limpia de él, pero desde hace algunos años, el agua se está volviendo cada vez más salada debido a la subida del nivel del mar. Este hecho puede apreciarse también en los límites de la pequeña isla. Hay palmeras con las raíces en el agua de un azul turquesa. La isla, de por sí minúscula, se va volviendo cada vez más pequeña. Por lo demás, la playa tiene el mismo aspecto de siempre. Es un lugar de ensueño con una arena finísima y unas aguas cristalinas; ahora bien, esto es así únicamente por el lado de sotavento de la isla. Al otro lado, allí donde se estrellan las olas de los alisios, todo está repleto de basura: botellas de plástico, mecheros, chanclas, los restos ruinosos de una nevera, la cabeza de color rosa de una muñeca de plástico. No son de Lisa, no.
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Lamen Bay, Islas Epi, Vanuatu, agosto de 2018
Con su negra arena volcánica, una larga playa de ensueño abraza la bahía de Lamen en el archipiélago de Vanuatu, allí donde los dugongos o vacas marinas pastan las deliciosas zosteras de los fondos marinos. Tratamos de observarlas durante horas cuando salen un instante a la superficie a respirar. Preguntamos en la aldea dónde podríamos localizarlas. Una de dos: o están siempre bajo el agua o miramos siempre en la dirección equivocada.
Frustrados por mi fracaso como naturalista tras los pasos de Charles Darwin, nos vamos de compras. La pequeña panadería de Melisa queda algo retirada en la selva. Es una casita construida por entero con materiales provenientes de la selva. No puede haber ninguna compra más hermosa. El pan ya huele tentadoramente. Nos lo entregan crujiente y con su costra dorada. «¿Queréis una bolsa?», pregunta Melisa en inglés con una sonrisa. «¡Mierda! ¡Nos hemos olvidado de nuestra bolsa de la compra!» «No pasa nada, amigos». Su hija se dirige hacia la planta de orejas de elefante que crece justo al lado de la casita. Ya tenemos nuestro pan crujiente envuelto perfectamente en una hoja de la planta, grande y jugosa.
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Mensanak, Lingga, Indonesia, septiembre de 2019
Mohamed ha tenido un día duro. Sus capturas no han sido muy prometedoras que digamos. Ha pescado tres peces de tan sólo un palmo cada uno. Su abuelo le hablaba de abundantes capturas, pero puede que se tratara más bien de anécdotas convertidas en leyendas. Ahora bien, lo cierto es que en la actualidad ninguno de los muchos pescadores del lugar regresa a la aldea con las redes llenas. Y los peces son cada vez más chicos a pesar del cuidado puesto en la selección. Las aguas están turbias, apenas se ve el fondo y es imposible divisar si hay peces o no.
Como muchos otros pueblitos de Indonesia, Mensanak flota también con palafitos sobre el mar. Su abuelo le contaba que ya en otros tiempos nadie podía permitirse un pedazo de tierra. Mohamed nació aquí, así que todo esto le parece muy normal. Va de embarcadero en embarcadero, de casa en casa. La mezquita queda en la linde. Es pequeña y se tambalea, pero no importa ya que en ella no se ocupan de asuntos mundanos. Aparte de esto, la vida sobre el mar tiene incluso sus ventajas, pues prácticamente no hay mosquitos y por tanto no hay dengue, ni malaria. Si necesitas una casa nueva para tu yerno, no tienes más que ir a la linde de la aldea, clavas algunas estacas en el fondo, pones unos tablones encima y ya tienes a tu disposición el nuevo terreno para el palafito. La gestión de los residuos y del retrete poseen la misma simplicidad. Nada de complicadas canalizaciones para el alcantarillado; todo cae al mar directamente desde la casa.
Como le ocurre todas las veces a Mohamed, su regreso a casa le resulta una tarea ardua. No porque su esposa probablemente lo medirá de arriba abajo con una mirada de desdén por su exigua pesca, sino porque sólo a duras penas puede maniobrar sin problemas con el remo. Una espesa alfombra de basura casi impenetrable ha quedado estancada bajo la aldea. Hay botellas de plástico, envases de todo tipo, poliestireno, papel higiénico, papel de aluminio, material aislante, cuerdas. Es una capa tan densa que incluso Pitchi, la gata de rayas negras y blancas de su hija, puede caminar maullando por encima de toda esa suciedad compacta que bambolea con el oleaje.
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Kumei, Borneo, Indonesia, septiembre de 2019
En el palafito de Ahaya, el agua chapotea entre los tablones del suelo. Está lavando los platos. Justo al lado, su prima escurre la colada. Su padre, Ahmad, está de pie, pescando. Media docena de niños y niñas saltan al agua entre chillidos infantiles de alegría. Una garrafa de plástico de cinco litros les sirve de flotador. Es muy fácil encontrar tales garrafas por doquier.
El plástico flota por toneladas en esta suciedad de color castaño y gris. La choza inclinada de Ahaya tiene el privilegio de estar ubicada directamente en el río. Flota sobre una balsa firmemente amarrada a la orilla. Más allá hay otra caseta, probablemente es el retrete. Es decir, está ubicado en el lugar donde lavan, pescan y se bañan. Lo mismo ocurre con todos sus vecinos. Me viene el recuerdo de la olla para el cocido de mi madre. Cabía de todo en ella.
Mientras nos llevan a visitar el lugar en una barca abierta con un motor fueraborda traqueteante, el guía se esfuerza lo indecible por mostrarnos las bellezas de su tierra. Sin embargo, a mí me sobrecoge una depresión brutal. Si nuestra embarcación naufragara y no muriéramos ahogados en el acto, moriríamos sin duda por el tifus o por el cólera. En la orilla del río se levantan las chozas construidas con elementos básicos y rudimentarios. La gente vive en ellas. Con la basura en la orilla, con la basura en el agua, con basura por todas partes. El imponente río Kumei la arrastra impepinablemente a través de Borneo hasta el mar.
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Uligam, Islas Maldivas, febrero de 2023
Las calles de Uligan no están asfaltadas. Son puros caminos de tierra. ¿Para qué el asfalto? El único coche en la aldea es la ambulancia nueva. Está aparcada delante del centro de salud y exhibe su reluciente color rojo. Todo aquí está cuidado con primor. Después de la primera oración en la mezquita y todavía con las primeras luces del amanecer, la patrulla de limpieza de la comunidad rastrilla todas las calles de tierra de la aldea para su limpieza. El setenta por ciento de la gente posee aquí un empleo en el sector público. ¿De qué, si no, podría vivirse en este lugar? Si miras los patios tapiados a través de sus puertas abiertas, ves muchas flores de colores y árboles frutales como el mango. Es un ambiente apacible y sereno, ni siquiera en el patio de la escuela se oye alborotar mucho a los niños y niñas. Después de dos semanas largas de travesía por el océano Índico, la arribada a las islas Maldivas es como acceder al paraíso.
En la parte oriental del atolón, el lugar del que venimos y donde las olas del océano Índico rompen en la playa, todo está lleno de plásticos. Sin embargo, la aldea se esfuerza por vivir en armonía con la frágil naturaleza a pesar de que el nivel del mar está elevándose imparablemente. Los residuos no orgánicos los colocan en una pequeña montaña de basura; los orgánicos van destinados al compostaje. Cultivan verduras. Tratan de equilibrar con paneles solares el funcionamiento del generador de la comunidad accionado con gasóleo. El puertito y la playa del lado de la laguna están impecablemente limpios.
Es fácil de entender que la tiendecita de la aldea no esté ricamente surtida. Simplemente ofrece lo necesario para vivir. A pesar de la producción agrícola propia, tienen que traer por vía marítima muchos productos de Mahé, la capital, o incluso desde la India. Descubro una sandía enorme y preciosa. Izara me la entrega con todo su encanto en una bolsa blanca de plástico. Y eso que toda sandía tiene una cáscara protectora, brillante y de color verde oscuro.
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Mar Rojo, abril de 2023
Hace algunos días que el viento nos empuja hacia el norte. El mar es de un azul intenso y con frecuencia pueden verse las crestas blancas en las olas, y eso a pesar de que estamos navegando por el mar Rojo. Más adelante, una vez atravesado el canal de Suez, llegaremos al mar Blanco que es como los árabes llaman al mar Mediterráneo. Y podríamos continuar rumbo al norte hasta alcanzar el mar Negro, si esa región no estuviera inmersa ahora en una guerra.
Ahora bien, el mar no tiene color. Las oscuras nubes de tormenta lo vuelven de un color gris oscuro al reflejarse en las aguas. En las puestas de sol se vuelve rojo. Con un cielo radiante adquiere un color azul intenso. Simplemente refleja el color del cielo. El agua por sí misma es incolora. Es puro H2O transparente. Sin embargo, esto no es así ya que siempre flotan en ella partículas apenas visibles, desechos de plástico que se van descomponiendo en fragmentos cada vez más pequeños, en microplásticos. Al no poder ser consumidos en su totalidad por los microorganismos, acaban adquiriendo un tamaño nanométrico, es decir una millonésima parte de un milímetro, de modo que, como es natural, ya no somos capaces de visualizarlos. En ese proceso se liberan oligoelementos tóxicos. Los peces ingieren estas partículas nanométricas como si fueran plancton. Buen provecho.
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Los océanos del mundo, de 2011 a 2023
El mar lo es todo. En él se originó la primera forma de vida de nuestro planeta. Nos da la vida, absorbe y regenera muchas cosas en el ciclo infinito de las corrientes, de las olas y de los vientos. Ahora bien, en él acaba también, por descuido o por alevosía, todo lo que desechamos, lo que ya no necesitamos, de modo que alteramos y paralizamos los ciclos naturales. Nosotros hemos dado la vuelta al mundo como huéspedes de su increíble belleza. El mar es la existencia per se de la vida humana.
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Barcelona, septiembre de 2023
Estoy ahora en Barcelona, sentado frente a mi ordenador y escribo este libro que no desea que le ponga un punto final. Leo en la página de cleanseas.org sobre las cantidades inverosímiles de basura plástica en los mares del planeta. El ser humano produce cada año cuatrocientos millones de toneladas de plástico. ¡Es una cifra inimaginable!
Conmocionado me tomo un descanso en la escritura. Bajo a comprar a la tienda de productos naturales que tenemos justo enfrente de casa. Introduzco en la cesta de la compra de rafia tejida el yogurt de producción local envasado en un recipiente de papel plastificado. Y también unos cuantos kiwis ecológicos de Nueva Zelanda que están envasados en pequeñas redes de plástico.
[1] "La «mola» es un adorno de tela de diversos colores, confeccionado por los indígenas cunas de San Blas, en Panamá". Definición de la Real Academia Española de la Lengua.









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